“Mamá… ¡quiero ser un macho!” - nos dispara en el pecho, “No malinterpretes mis palabras/ espero que me entiendas./ No soy como las niñas bonitas/ que ves en las novelas./ No soy una mariposa/ que embelesa a todos mientras vuela.” [YO NO QUIERO SER] Hija del siglo presente, milenial, con su grito de guerra, que de seguro no quiere ser un macho, más bien, denunciar, reclamar, retar, porque el mundo no es, ni será, cual era. Comienza así la puesta en escena, en la cual la poeta desvela a la niña-mujer frente al maltrato de género, al desamor, la traición, la soledad y el fracaso.
La poeta que no quieren que la llamen poeta, “No lo evitó mi voz,/ no lo evitaron mis letras./ No fueron mis palabras/ las que evitaron que esa bala no saliera./ Así que por favor te lo pido,/ a mí no me llames poeta.” [NO ME LLAMES POETA], de vez en cuando confiesa con cierta nostalgia sus amores que navegan entre el tormento y la pasión, “Sin placer tuvimos texto./ Me desnudé y tu/ te quedaste vestido contigo entero.” [TEXTO] Durante el transcurso de su poemario se denota su evidente fuerza teatral, poemas que se publicaron primero en el escenario, declamados en el confesionario público, en la protesta subversiva del encuentro entre poetas y locxs de amarrar (según el establishment, por supuesto). Es la voz del performance atrapado en la tinta, donde la intimidad se desflora junto al reclamo social y político que dispara desde la trinchera de los propios versos, “¡Putas paren políticos/ partidos progresan!/ Por pecetas prestadas/ patinan profetas.” [PR-OMESAS].
Reproduzco las palabras de Lionel A. Santiago en su presentación del poemario en la contraportada: Este poemario, en conclusión, es una demostración de lo que los franceses llaman esprit de l’escalier “el espíritu de la escalera”. Frase utilizada para la experiencia de ocurrirse la contestación perfecta un poquito tarde. La poeta, muy ingeniosamente, ha compilado las contestaciones perfectas a situaciones y experiencias específicas en su vida. Derramándolas sin miedo alguno a la subjetividad; retratando sentimientos, emociones y sensaciones de forma brutalmente honesta.” El espíritu del libro está en su invitación solapada a “tener texto”.
Termino el libro y veo otra vez en mi mente a Dayra Leandry declamando sus poemas como en un llamado a darnos cuenta de que está allí y que no solamente es un espejo de sí misma, sino de cualquiera que la escuche. Es refrescante encontrar jóvenes así publicando en papel, lejos del efímero facebook o cosa parecida. Como ya dijimos, el poemario está presentado a modo de obra de teatro, pero vean, es sólo el primer acto...
El Postillano